La importancia y las implicaciones de confiar

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(imagen: italianbox.com)

Conozco a Gonzalo -mi actual socio en Armung junto con Ilis Villa-  hace ya muchos años.  He de decir que es una de las personas en quien más confío, aunque también debo agregar que en mi vida personal y laboral la decisión de confianza no ha sido fácil de tomar, y que eso -estoy consciente- obedece a toda una narrativa a través de la cual explico mi vida y mi carrera.

Varios años atrás, mucho antes de que cualquiera de los dos siquiera pensara seriamente en la posibilidad de ser socios e independizarnos, Gonzalo y yo nos encontrábamos en una situación económica bastante crítica. En mi caso, ésta se debía a una serie de decisiones que produjeron que (sumando lo que ambos traíamos en la cartera el día que quiero relatar) contara con veinte pesos mexicanos (poco más de un dólar y medio) de presupuesto para comer toda la semana. En el caso de Gonzalo se debía a que, aunque vivía solo, simplemente ganaba muy poco.

Era martes, la quincena se veía distante y yo aún necesitaba un par de pesos para poder regresar a casa esa noche. Lo cierto es que ambos éramos afortunados: teníamos un trabajo estable, educación, amigos. Mis hijos estaban sanos, tenía una esposa que me apoyaba y la empresa en la que yo trabajaba me pagaba un sueldo que era justo para mi nivel de conocimiento y experiencia en aquel momento; sin embargo, resultaba insuficiente por mi situación particular, pues fui padre muy joven, y mientras la mayoría de mis compañeros estaban más preocupados de que su salario alcanzara para la fiesta del fin de semana, yo tenía dos hijos – faros en mi vida-  a quiénes cuidar.

Un par de meses atrás Gonzalo y yo habíamos empezado a aprovechar una pequeña cocina con la que contaba la oficina de la empresa en la que trabajaba en aquel entonces. Tomamos el dinero y compramos lo que nuestra insuficiente cultura culinaria y el escaso presupuesto nos permitió pagar: medio kilo de pasta tipo fusilli y un sobre de saborizante para el agua (que cuidamos esa semana como si se tratara de oro en polvo). Cuando terminamos de preparar la pasta (que alcanzó para toda la semana) se me ocurrió hacer la pregunta que un italiano bien versado en estos temas seguramente no haría: ¿Qué le vamos a poner a la pasta? Gonzalo, mirándome con cara de obviedad, contestó – “Pues, creo que le pondremos sal”. Prometimos ese día que nunca más comeríamos pasta solamente con sal y que algún día haríamos algo juntos para crear y decidir nuestro propio futuro.

Puedo presumir que mis habilidades como cocinero han aumentado notablemente a través de los años, y que cuando contamos esa historia a nuestros clientes y amigos solemos hacerlo con risas y alegría. La verdad es que en aquel momento la situación parecía mucho menos que graciosa.

Con todo eso, cierto es que a partir de la pasta con sal mi socio y yo empezamos a confiar el uno en el otro de manera incondicional. El banco “Combariza – Olivares”, como le decíamos a la manera en que nos “prestábamos” dinero, nació en ese momento. La técnica consistía en no dejar que el otro se enterara que estaba recibiendo un préstamo. Sin buscar estar de acuerdo en el cómo, lo solucionamos poniendo dinero en los libros que nos prestábamos y a través de los cuales compartíamos ideas comunes, aprendíamos e íbamos construyendo las bases de una amistad sólida y el futuro de un negocio. En aquel momento, éste último se encontraba en manos del principio creativo, mismo que se manifestó bastante tiempo después con el nacimiento de Armung Consulting, donde nuestra razón de ser es transformar personas y organizaciones, llevándolas a hacer lo que les apasiona, atendiendo también  los desafíos organizacionales y de comunicación de nuestros clientes, facilitando así la ejecución de sus propios proyectos.

Las cantidades de dinero que nos prestábamos, aunque hoy parecerían irrisorias, en aquel momento podían marcar la diferencia entre tener para subsistir la siguiente semana o tener problemas serios. La verdad es que incluso perdimos la cuenta de los préstamos, pues la idea ya no era tanto contar lo escaso del dinero sino darnos la oportunidad de compartir con el otro. La práctica continúa, de cierta forma, en la medida en que hemos podido construir un negocio basado en una relación de confianza que elegimos desde aquel entonces.

¿Pude haber fallado a un compromiso no escrito y del que ni siquiera había cobro o registro? Sí, eso era posible. ¿Pudo haberlo hecho mi socio? Por supuesto que sí, ambos estábamos en una situación en la que había excusa suficiente para no hacer honor al compromiso. Sin embargo, no sucedió así, y al día de hoy, con montos mayores, no puedo tener un reclamo en ese sentido para mi socio.

La pasta con sal me dejó algunas lecciones:

1. La confianza es una decisión: Confiar es una elección personal, sin importar que haga el otro para ganarse mi confianza, soy yo quien elige confiar o no. Aún con contratos de por medio, yo puedo decidir seguir desconfiando.

2. Confiar es más barato: Es mucho el tiempo, desgaste en relaciones y dinero lo que pierden las organizaciones al no confiar en las personas. No digo que las instituciones no deban tener controles de seguridad, confidencialidad, contratos, etc, por el contrario creo que son necesarios. Pero es mucho lo que las organizaciones en Latinoamérica gastan en excesivos controles que, lejos de ayudar a construir personas responsables de sí mismas, las hacen dependientes y despiertan su desconfianza en las instituciones, generando además un problema de desarrollo.

3. La confianza genera crecimiento: Para confiar necesito desafiar primero qué tanto confío en mí mismo, qué tan capaz soy de construir relaciones en las que puedo confiar en otros. Además, confiar le permite al otro confiar en sí mismo, le desafía, genera un compromiso que va más allá de los papeles, el miedo o las obligaciones. Alguna vez en una de mis prácticas profesionales en psicología un maestro me dijo – Debes aprender a confiar en tu paciente – Pero, ¿cómo iba yo a confiar en un adicto que ya había traicionado a su familia, robado y cometido delitos para mantener su vicio? Su respuesta fue – Si tú no confías en él, nadie más lo hará, ni siquiera él mismo, ¿cómo esperas ayudarle si no confías en él?-.

4. La confianza es una habilidad: Es una decisión, pero también es algo que se aprende haciéndolo, poniéndolo en práctica. Confiar es un acto creativo, conecta a las personas con el principio creador, elimina la necesidad de competir (me refiero a la competencia desleal) con otros e invita a la colaboración. La carta de la confianza abre posibilidades de cambio y mejora las relaciones.

Con la llegada de Ilis Villa (esa será otra historia digna de contar) y el actual equipo de Armung, la confianza ha seguido creciendo aún más.

Algo importante: el día en que fundamos Armung Consulting lo celebramos en un restaurante italiano, comiendo pasta… esta vez tenía algo más que sal y fue el inicio de una historia de la que aún tendremos mucho por narrar.

 

GonzaloOlivaresRicardoCombariza

(Foto: Archivo Armung Consulting. Celebrando la fundación de Armung con Santiago, mi hijo menor y Gonzalo Olivares)

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