Las mejores decisiones ocurren cuando las personas son capaces de conversar y ponerse de acuerdo entre ellas pese a sus preferencias

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(imagen: www.businessnewsdaily.com)

¿Cómo decidimos los seres humanos?

En una organización madura, todas las decisiones se toman en equipo y de forma racional. Quienes toman las decisiones lo hacen desde su profesionalismo y experiencia, buscando en todo momento las soluciones que hagan mayor sentido y traigan beneficios al equipo y a las personas… ¿cierto?…

Si lo analizamos un poco mejor, ésta afirmación, que bien podría parecer un ideal de madurez organizacional, suena algo ingenua y difícilmente describiría lo que ocurre en la vida cotidiana. Imaginamos que las decisiones más estratégicas son aquellas que se toman en una sala de juntas donde las grandes cabezas se reúnen para elegir el mejor futuro posible para una empresa o institución. Solemos pensar que en todos los casos, las mejores decisiones son aquellas que se discuten durante más tiempo y que entre más personas participen en una decisión, ésta será de mejor calidad.

Lo cierto es que si bien las organizaciones al momento de tomar decisiones importantes crean foros, convenciones, juntas y reuniones especiales, estos foros usualmente sirven para ratificar o aprobar decisiones que ya han sido tomadas previamente en la vida cotidiana, muchas veces sin darnos cuenta. Las decisiones, lejos de ser un asunto puramente racional, son un complejo proceso social, emocional y político en el que inciden múltiples variables.

 

Necesidades emocionales y la calidad en las decisiones

Las necesidades de las personas de sentirse significantes y pertenecer a un grupo, de ser y mostrarse competentes en lo que hacen obteniendo reconocimiento y aceptación, afectan la toma de decisiones en todo momento. Las elecciones que un director general toma están influidas por innumerables interacciones en la vida cotidiana de su empresa, y la forma en que las personas logran o no ponerse de acuerdo mucho antes de que su momento de elegir llegue. Especialmente en las grandes instituciones, el proceso de tomar decisiones se ve afectado por posiciones políticas, preferencias, negociaciones y la habilidad de los individuos para poder influir sobre los demás. Entre más central sea la decisión a tomar y mayor el tamaño de la institución, será aún más complejo el proceso y todavía más difícil observar la cantidad de variables y emociones que participan en una decisión.

Es claro que las emociones pueden ser el mejor impulso para el crecimiento de individuos y equipos, pero también pueden ser un ancla y representar una importante pérdida de recursos y desgaste innecesario cuando las personas no saben aprovecharlas y ponerlas al servicio de los demás, y lejos de ser creativos y colaborar, compiten entre ellas (http://armung.com/de-la-competitividad-a-la-creatividad-el-elemento-humano/)

No siempre dos cabezas piensan mejor que una. Las personas que actúan defensivamente en raras ocasiones son conscientes de su comportamiento y de las causas subyacentes del mismo, atribuyendo los resultados, positivos o negativos, a factores externos fuera de su control. Más importante aún, cuando las personas no son conscientes de sí mismas y de su realidad y satisfacen sus necesidades emocionales defensivamente, los comportamientos destructivos se normalizan y se hacen parte de la cultura de la organización, que no en pocas ocasiones dista de aquello que está escrito en los posters que presumen los principios y valores de una compañía.

 

La apertura como un habilitador de las decisiones

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(Foto: Archivo Armung Consulting, El Elemento Humano®)

La palabra conversar proviene de conversus, que en su raíz latina es también el origen de la palabra “converso”. No es azar que esta última palabra sea la misma que grandes tradiciones utilizan para designar a sus nuevos adeptos. Y es que cuando dos personas conversan realmente se convierten. Nada puede ser igual cuando dos personas conversan con apertura y adquieren nuevas distinciones que les permiten verse a sí mismos en la vida personal y colectiva  desde una perspectiva que no eran capaces de ver antes. En palabras de Marilee Goldberg (The Art of Powerfull Questions, 2002) “Un salto paradigmático ocurre cuando una pregunta que se hace dentro del paradigma actual, solamente puede ser respondida fuera de éste”.

Las mejores decisiones ocurren cuando las personas son capaces de conversar y ponerse de acuerdo entre ellas pese a sus preferencias, cuando se muestran de forma abierta sin retener o distorsionar lo que piensan y sienten. Para ello, es necesario trabajar no solamente en las competencias técnicas y funcionales, sino que requiere poner importante atención a la calidad de las relaciones y la habilidad de conversar de forma cándida, abierta y franca.

En nuestros talleres de El Elemento Humano® uno de los temas más centrales que abordamos, tal vez el más importante, es la apertura como el gran simplificador de las decisiones y los temas humanos en las organizaciones. Lo que nuestros clientes descubren es que cuando las personas son realmente abiertas, lejos de sus temores a que aparezca el caos o se afecten las relaciones, lo que realmente sucede es que las relaciones mejoran y los ejecutivos son más efectivos para tomar decisiones. Dos cabezas si pueden pensar mejor que una… cuando ambas cabezas cuentan con las competencias relacionales y la apertura suficientes para lograr acuerdos de beneficio mutuo.

 

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