Por Ricardo Combariza.

En un estudio realizado por la Organización Internacional del Trabajo durante 2012, se reveló que más de la mitad de los 106 países analizados enfrentan un riesgo cada vez mayor de tensión social y descontento, principalmente a causa de la situación laboral y las escasas oportunidades de desarrollo; esto de acuerdo al “Informe sobre el Trabajo en el Mundo 2012” del Instituto Internacional de Estudios Laborales (IIEL), departamento de investigación de la OIT.

Se constataron también importantes aumentos de tensión en las economías avanzadas, como Estados Unidos, Canadá, así como en Europa Central y Oriental, al punto que ya hay quienes afirman que la tercera guerra mundial podría no ser por el petróleo, sino por las oportunidades de trabajo.

Sorprendentemente, América Latina y algunos países de Asia experimentaron una disminución de la tensión social en este periodo:
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Estudios recientes de Gallup, Universum y Harvard, dejan ver que las personas, especialmente en América Latina, consideran que el empleo digno con una causa y un ingreso fijo, alto o bajo, son mucho más importantes que el crecimiento económico mismo. Asia y América Latina, comentan voceros de la OIT, se desempeñan mejor en términos de creación de empleo que las economías más desarrolladas, si bien las preocupaciones en torno a los índices de pobreza, altamente elevados, continúan. El alto porcentaje de empleo informal en América Latina es un indicador importante del cambio paradigmático que en estamos experimentando en torno al trabajo, esto sucede mientras en las economías más desarrolladas las tasas de desempleo son más altas que nunca. En países como España el índice de desempleo llega a niveles alarmantes, situación que, menos dramáticamente, se vive hoy en Estados Unidos.

La necesidad, la falta de oportunidades para todos y las necesidades de talento cada vez más calificado y especializado, son un agravante para la situación en una región como la nuestra en la que millones de personas se dedican al trabajo informal y otra gran parte está desempleada e insuficientemente preparada. La desconexión entre las universidades y centros de estudio con las necesidades reales de talento es evidente, sin mencionar que aún educamos bajo ideas que dejaron de ser operantes hace muchos años, enviando a millones de personas preparadas para un mundo que ya no existe. Hoy es más frecuente escuchar de personas educadas realizando oficios o tareas no relacionadas con su educación, o dedicándose a cosas en extremo diferentes a su preparación; y día a día son más quienes afirman, según estudios, que prefieren una disminución en su paga siempre y cuando esta represente mejor calidad de vida.

Los cambios demográficos tan evidentes en los países nórdicos no son menos alarmantes en nuestra región, en donde tenemos hoy altos porcentajes de adultos mayores de quienes no se aprovechan sus habilidades generando oportunidades reales de trabajo, y porcentajes a la baja de gente joven y calificada para hacerse cargo de los desafíos que hemos creado para este siglo. Todo esto es reflejo de una sociedad que necesita replantearse la idea de trabajo.

Sumado a esto, el talento joven, en una actitud propia del postmodernismo, ha perdido confianza en las instituciones, haciendo más difícil encontrar talento calificado. La idea reinante de la revolución industrial, cultura empresarial aún presente en muchas de nuestras organizaciones latinas, algunas de ellas enormes corporaciones, que veía en la paga el motivador por excelencia y la recompensa – causa de los mejores resultados de una persona, es una idea que las nuevas generaciones cuestionan. Linux y Wikipedia son prueba fehaciente de cómo el talento altamente calificado no solamente se motiva con dinero y que cuando hay una causa valiosa hay personas dispuestas a participar, demostrando que los seres humanos no son eternamente manipulables. En un estudio generado por la Reserva Federal de los Estados Unidos de América acerca de las recompensas en el trabajo, realizado a finales del siglo pasado, se demostró que especialmente en las personas calificadas esto es cierto, y que más allá de desear el sueldo, la seguridad de la casa y los beneficios salariales, las nuevas generaciones están habidas de encontrar una causa que les inspire y motive a cumplir sus metas.

Hoy, cerca de la mitad de la población mundial tiene menos de 30 años; es decir, cerca de la mitad de los habitantes del planeta forman parte de las llamadas  generaciones Y y Z: las generaciones de las redes sociales, del mundo instantáneo, del beneficio muchas veces sin el esfuerzo y el mérito, pero que a la vez valoran las utilidades del contexto tecnológico por la capacidad de influencia social.

Los responsables de Recursos Humanos necesitamos con urgencia aprender nuevas formas de atraer y gestionar el talento utilizando las nuevas tecnologías y los sistemas que la época nos brinda, pero de la misma forma tenemos la gran responsabilidad de reorientar a las organizaciones de manera que podamos crear culturas empresariales de mayor inclusión, en las que las personas puedan expresarse y ser apreciadas por lo que son, no por lo que deberían ser. Cada vez hay menos cabida, afortunadamente, a la cultura “capataz”. Las personas, ¡oh gran descubrimiento!, no pueden ser vistas como un producto de consumo.

¿En qué centrarse?

  1. En modificar primero la idea que se tiene de talento. Necesitamos aprender a aprovechar el talento que ofrece nuestra región, que definitivamente tiene características únicas que pueden ser de gran beneficio.
  2. Escuchar la necesidad de las nuevas generaciones por encontrar una causa en el vacío actual en el que hemos convertido a todos y a todo en un producto de consumo. Las empresas tienen una gran responsabilidad en generar “causas” reales, no visiones de responsabilidad social de aparador. Aquellas visiones que versaban “ser reconocidos como la mejor empresa en el rubro de XXX” no solamente se muestran irresponsables y desconectadas de una realidad social, sino que representan una gran pérdida de talento para quienes realmente quieren transformar.
  3. Innovación, desarrollo, aprendizaje, crecimiento no solamente económico y siempre bajo principios claros, que enaltezcan el valor de la persona.
  4. Estilos de liderazgo transformadores: más orientados al servicio (tan confundido con el servilismo en nuestro paradigma actual en el que “el cliente siempre tiene la razón”), inspirar hacia las causas invitando a la responsabilidad y las decisiones.
  5. Flexibilidad y apertura: Las políticas de “cero tolerancia al mal desempeño” no solamente relegan al talento y maltratan a las personas, sino que destruyen las oportunidades reales de aprendizaje con la excusa de la productividad. Si bien las organizaciones necesitan centrarse en ser productivas, la forma excluyente de ver al talento que algunos grandes corporativos han tomado como bandera, si bien puede momentáneamente traer beneficios, crea una situación social insostenible. Educar para la productividad, no castigar la ignorancia.
  6. Poner el acento en el ser humano, pero hacerlo en serio: Las organizaciones no son islas, entes lejanos, todos estamos relacionados a una organización, empresa, o institución de una forma u otra. Una cultura empresarial que, en palabras de Jorge Díaz, ex Rector del Tecnológico de Monterrey, no da PIE (oportunidades para que las personas Participen, Influyan y se Expresen) seguramente no está poniendo el acento en la persona, aun cuando muchas organizaciones se enorgullecen al decir que “lo más importante es la persona”.